La Lluvia

Y dejó de ser en esos días en que me turbaba en el sopor de la cúspide del verano. El calor circulaba en el viento, el cuarto en penumbras, yo sentado en la orilla de la puerta, mis piernas colgando sobre las escaleras. Esperando de entre esas sesenta mil ideas promedio diario, sinónimo de subutilización mental. Hasta que llegaba algo.

Los techos rechinaban por la tarde, cuando el sol empezaba a quemar menos. Nunca me detuve antes a pensar en eso, en eso de que los techos rechinaban, y en uno que otro libro descubrí que el metal se dilataba con el calor, y luego al bajar la temperatura, volvían a rechinar contra los clavos, para poner los átomos a su lugar correcto.

Eran horas. Un vaso con mi versión del café holandés. Alimentar a mi pez. Querer escribir algo. Un cigarro. Alguien a la puerta; valga si no me buscan a mí. Intentar leer un libro de los que nunca terminé. La lluvia… Qué putada. Vos no existías, ni lo que creamos, ni lo que hubo de venir después. La lluvia. Los días, el diluvio. Me gustaba aquel tic tic tic de las últimas gotas.

Pasaría mucho tiempo para que la tierra se me viniera a los ojos, me los enlodara y llegara a entender que… ah, sí, era la lluvia.

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